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martes, 29 de mayo de 2018
sábado, 26 de mayo de 2018
"Trágico" lo que sucede en #Venezuela Ex-embajador de #EEUU Patrick Duddy
Barcelona/ Mambí en A/ Así definió la crisis en Venezuela el último embajador de EE.UU. en Caracas, Patrick Duddy. El diplomático en retiro aseguró a la VOA que aún así no ve viable alguna salida militar, y agregó que el Hemisferio debe cerrar filas con EE.UU. para restablecer la democracia.
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Francisco Sau Boíx
sábado, 1 de julio de 2017
Fuimos felices en el "período especial", dice la Iglesia Católica de #Cuba
Por: Raúl Lázaro Fonseca Díaz.
Barcelona/ Mambí en A/ En la “hojita” Vida Cristiana, publicación católica que se distribuye durante las Misas de los domingos, en un artículo en su sección Onda Juvenil, bajo la firma de Julio Pernús, el autor afirma que con nostalgia y alegría recuerda aquellos años del “Período Especial” en que fuimos felices.
A principios de los 90 del siglo pasado, un matrimonio habanero decidió mediante una carta firmada por ambos, entregarle su hija al gobierno para que la mantuvieran; luego se quitaron la vida, ahorcándose con sendas sogas que los colgó de la línea férrea de los elevados, cerca de la terminal de trenes de la capital.
Entre otros muchos ejemplos está el del niño que llegó a las costas de la Florida, en una balsa, con el cadáver de la madre, los niños de estas dos anécdotas que escandalizaron a todos, es evidente que en aquellos momentos no fueron felices, ni podrán recordar esta época con nostalgia y alegría.
Los inocentes que fueron a parar al fondo del mar, acompañados de sus padres, en el transbordador “13 de Marzo”, ni los jóvenes que fueron fusilados al tratar de salir del país de forma ilegal, en la lancha que hacía el recorrido hasta Regla; ni siquiera pueden recordar aquellos tiempos, fueron asesinados por los militares cubanos.
Al parecer Julio Pernús, cienfueguero que vive en La Habana y ocupa el cargo de coordinador de la Comisión para el Estudio de la Historia de las Iglesias en América Latina y el Caribe (CEHILA), no leyó nunca la Carta Pastoral: «El amor todo lo espera», que fuera un mensaje de la Conferencia de Obispos Católicos de Cuba, dado a conocer en septiembre de 1993. Es evidente también que los editores del suplemento Vida Cristiana, ignoraron que muchos niños no tenían leche, ni comida.
Pernús asevera que en ese periodo aprendimos a economizar obviando que desde los años 60, el régimen comunista estableció dos tarjetas de racionamiento, una para los alimentos y otra para productos industriales, como: ropas, zapatos, artículos del hogar. Por ejemplo, los hombres tenían que escoger entre poder comprar un calzoncillo o una camiseta al año; por lo que el pueblo bautizó esta forma de distribución como: “Maria la O”, la famosa pieza musical cubana, pues el dilema consistió en mucho más que ahorrar, nos sumergieron a todos en la miseria.
En cuanto a la pirámide invertida en los salarios, no se construyó en el mal llamado “Periodo Especial”, sino en los años 60 del siglo pasado cuando a maestros y médicos -que cumplían con su servicio rural el Estado les pagaba 86 y 90 pesos respectivamente, mientras un basurero ganaba 250.
Más adelante agrega que comprar una casa -para formar una familia- con su salario es ahora una utopía, cuando durante la mal llamada “Revolución” lo fue desde sus primeros días. Las mejores casas y apartamentos, los que dirigen el país se las robaron a los que se fueron y al pueblo lo pusieron a construir las pocas a las que tuvo acceso, a partir del sistema de “Microbrigadas” que en muchos casos demoraron en poder adquirir un techo, entre 10 y 15 años. En definitiva, puede decirse que eran habitáculos defectuosos que después fueron convertidos en barrios marginales; ejemplo de ellos son: Alamar y San Agustín.
El fallecido Fidel Castro sentenció: “Algún día los trabajadores vivirán de su salario y los jubilados de sus chequeras”. Tan “terrible” frase está impresa en los talonarios de cobro de aquellos tiempos, además de haberse institucionalizado la indecencia pública, no se explica cómo los padres de Pernús pudieron mantenerse ellos y sus tres hijos con los salarios que ganaban, por muy profesionales que fueran, cuando el dólar llegó a estar a 150 pesos en moneda nacional y casi nadie devengaba, en aquel entonces, más de 3 dólares mensuales.
El criterio de todas las personas debe ser respetado; pero en el mío, la distorsión de la historia de un país con fines espurios, incluso a la religión que se pretende practicar, llega a ser un acto de lesa humanidad.
No se conoce, ni el autor deja saber, de qué color será el ojo de vidrio a través del cual deben mirar los jóvenes “un futuro de esperanza”. Aunque involucre al Papa Francisco cuando agrega que así los convocó en el Centro Cultural Félix Varela.
Considero que es una rara forma de fe, en el único país del hemisferio occidental, donde el nivel de vida de sus habitantes es mucho más bajo que hace 60 años, cuando los obreros sí podían comprar una casa y mantener a su familia sin robar y sin tener que afiliarse a algún partido político.
El manipular los horrores de esta crisis sostenida que comenzó hace varias décadas, la inmoralidad pública institucionalizada en el país, así como la represión brutal del gobierno a todo lo que supuestamente dañe su imagen, es un pecado y grave, eso lo debe saber tanto Julio Pernús, como la cúpula de la Iglesia Católica Cubana que dirige Vida Cristiana.
*Nota: El autor se refiere al No.2744 de la Publicación Católica Dominical “Vida Cristiana” que tiene fecha 25 de junio de 2017
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Francisco Sau Boíx
martes, 31 de enero de 2017
domingo, 1 de enero de 2017
Reportera de NTN24 graba a niños mendigando alimentos en alrededores de un McDonald's en Caracas #Venezuela
Barcelona/ Mambí en A/ La reportera de NTN24 Nicole Kolster grabó este impactante video en el Automac del McDonalds de La Castellana. En las imágenes se puede ver a un niño de tan solo 10 años contando cómo a diario pide comida en este local de comida rápida porque no tiene nada qué comer en su casa.
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Francisco Sau Boíx
miércoles, 21 de diciembre de 2016
El gobierno está acabando con los comercios: Directora de CEDICE #Venezuela
Barcelona/ Mambí en A/ El Observatorio de la Propiedad Privada de Venezuela afirmó que en el 2017 podrían cerrar unos 30.000 comercios. Este programa, creado por el Centro de Divulgación del Conocimiento Económico para la Libertad (Cedice) ha rechazado y enumerado las constantes violaciones a establecimientos comerciales, principalmente ejecutadas por la Superintendencia de Precios Justos.
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Francisco Sau Boíx
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Meganálisis dice que el 78% de los venezolanos no quiere seguir viviendo en el socialismo chavista #Venezuela
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Francisco Sau Boíx
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martes, 20 de diciembre de 2016
Mujeres venezolanas burlaron seguridad en paso fronterizo para comprar comida y medicamentos #Venezuela
Barcelona/ Mambí en A/ Un grupo numeroso de mujeres, ataviadas con franelas blancas, cruzó a la fuerza la barrera de seguridad y pasó a territorio colombiano en la mañana de este sábado para comprar comida y medicamentos, reportó La Nación web.
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Francisco Sau Boíx
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Al menos 4 muertos en #Venezuela durante el caos generado por medidas de Maduro
Barcelona/ Mambí en A/ El diputado a la Asamblea Nacional, Ángel Medina, confirmó que cuatro personas fallecieron durante los disturbios en El Callao. Más tarde el presidente Nicolás Maduro mencionó los "lamentables hechos" y acusó a "la derecha" de promover los disturbios.
Fuentes confirmaron que la víctima sería un menor de edad de tan solo 15 años, quien recibió un disparo en la región frontal. Habría sido identificado como Alejandro Guarayote. El asesinato habría ocurrido durante los disturbios que se dieron en esta zona por el caos generado por las medidas de Maduro.
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Francisco Sau Boíx
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Departamento de Estado advierte a estadounidenses que salgan de #Venezuela
Barcelona/ Mambí en A/ El Gobierno de Estados Unidos emitió una alerta a sus ciudadanos para que abandonen inmediatamente Venezuela, debido según el Departamento de Estado, a los delitos violentos, los disturbios sociales y la omnipresente escasez de alimentos y medicamentos que afectan al país sudamericano.
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Francisco Sau Boíx
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martes, 18 de octubre de 2016
jueves, 18 de agosto de 2016
La malaria se esparce por #Venezuela en medio del colapso económico
Por NICHOLAS CASEY
Barcelona/ Mambí en A/ Cuando Reinaldo Balocha volvió a enfermarse de malaria por duodécima vez, no descansó para nada. Aún con la fiebre sacudiendo su cuerpo, se echó el pico al hombro y regresó a trabajar en la mina ilegal de oro donde pica piedras.
Balocha, un técnico en computación, no encajaba en el trabajo de las minas; sus manos suaves solían golpear el teclado, no la tierra. Sin embargo, la economía de Venezuela colapsó a tal grado que la inflación anuló su salario, y con él sus esperanzas de conservar una vida de clase media.
Es por eso que Balocha —al igual que decenas de miles de personas de todo el país— viajó hasta estas pantanosas minas a cielo abierto en busca de un futuro.
Aquí se encuentran meseros, oficinistas, taxistas, profesores universitarios y hasta funcionarios públicos que están de vacaciones y salen a cribar oro para el mercado negro, bajo la supervisión de un grupo armado que les impone tarifas y los amenaza con amarrarlos a los postes si desobedecen.
Esta es una sociedad en crisis, un lugar donde la gente educada abandona los cómodos trabajos que tienen en la ciudad por duros y peligrosos trabajos en canteras lodosas, desesperados por lograr que el dinero les alcance. El costo es elevado: la malaria, durante mucho tiempo contenida en la periferia del país, ha regresado para vengarse.
Venezuela fue el primer país del mundo en acabar con esta enfermedad en sus zonas más pobladas; lo hizo en 1961, mucho antes que Estados Unidos y otros países desarrollados, según la Organización Mundial de la Salud (OMS). Fue un gran logro para una pequeña nación, una acción que allanó el camino para el desarrollo de Venezuela como potencia petrolera y alimentó las esperanzas de que fuese un modelo que ayudaría a erradicar la malaria en todo el mundo.
Desde entonces, el mundo ha dedicado enormes cantidades de dinero y de tiempo para erradicar esta enfermedad. En los últimos años, se ha logrado reducir un 60 por ciento las muertes en los lugares donde la población sufre de malaria, según la OMS.
Pero en Venezuela, el reloj marcha hacia atrás.
El colapso económico del país ha traído de regreso esta enfermedad; la sacó de las remotas minas de la selva donde sobrevivía en silencio, y volvió a diseminarla por todo el país a niveles que no se veían desde hacía 75 años, según los expertos.
Todo comienza en las minas. Por la crisis económica, al menos 70.000 personas de todos los estratos sociales han visitado esta región minera desde el año pasado, asegura Jorge Moreno, un médico venezolano experto en mosquitos que actualmente trabaja cerca de las minas. Miles de personas se están infectando a medida que aumenta la explotación de oro en pozos llenos de agua, que son el caldo de cultivo perfecto para los mosquitos que transmiten malaria.
Luego, cuando ya tienen el parásito en la sangre, las personas regresan a sus casas en distintas ciudades de Venezuela. Por la crisis económica a menudo no hay medicinas y la fumigación es escasa, entonces la malaria enferma a decenas de miles de personas y causa la desesperación en ciudades enteras.
“El oro hizo que este lugar se volviera atractivo; provocó una gran migración y, en consecuencia, la diseminación de la malaria”, explicó Moreno. “Con la crisis llega esta enfermedad que se agudiza con las malas condiciones”.
Una vez que sale de las minas, la malaria se propaga rápidamente. A cinco horas de distancia, en Ciudad Guayana, un antiguo enclave industrial donde hay muchos desempleados que se han dedicado al trabajo en las minas, un grupo de 300 personas llenaba la sala de espera de una clínica en mayo. Todos tenían los síntomas de la malaria: fiebre, escalofríos y temblores incontrolables.
No había luz porque el gobierno había racionado la energía para ahorrar electricidad. No había medicinas porque el Ministerio de Salud no las había entregado. Los médicos hacían pruebas de sangre con las manos desprotegidas porque ya no tenían guantes.
Maribel Supero abrazaba a su hijo de 23 años que temblaba sin poder hablar. José Castro sostenía a su hija de 18 años que gritaba. La doctora Griselda Bello movía sus manos con un gesto de impotencia y le decía a otro paciente que esperara un poco más. Las pastillas se habían acabado y no había nada que pudiera hacer.
“Regrese mañana a las 10 de la mañana”, le sugirió al enfermo.
“Ay, Dios”, respondió el paciente. “Uno se podría morir de aquí para allá”.
“Sí, efectivamente”, confirmó la especialista.
En la población vecina de Pozo Verde, los habitantes dijeron que la malaria había llegado después de que los mineros comenzaran a regresar enfermos a sus casas, y los fumigadores del gobierno desaparecieron hace dos años. Hoy, el colegio secundario público se ha convertido en una incubadora: desde noviembre de 2015, la cuarta parte de sus 400 estudiantes se contagiaron de malaria.
“Se podría pensar que íbamos a hacer algo: acordonar la escuela o declarar la cuarentena”, dijo Arebalo Enríquez, el director de la escuela, quien contrajo malaria junto con su esposa, su madre y siete miembros más de su familia.
Oficialmente, la propagación de la malaria en Venezuela se ha convertido en un secreto de Estado. El gobierno no ha publicado informes epidemiológicos sobre la enfermedad durante el último año y afirma que no hay crisis.
Sin embargo, el informe más reciente que The New York Times obtuvo de médicos venezolanos confirma que se está produciendo un repunte de la enfermedad. Según ese documento, el año pasado los enfermos de malaria se incrementaron en un 56 por ciento, alcanzando una cifra de 136.000 casos.
La enfermedad se ha expandido rápidamente por todo el país; ahora hay casos en más de la mitad de los 23 estados. Entre las cepas presentes se encuentra la Plasmodium falciparum, la forma más letal y grave de la malaria.
“Es una situación de vergüenza nacional”, dijo José Oletta, exministro de Salud de Venezuela que vive en Caracas, donde los casos de malaria también están apareciendo ahora. “Yo veía este tipo de casos cuando era un estudiante de medicina, hace medio siglo. Esto me duele. Esa enfermedad había desaparecido”.
En El Dique, una población rural donde la malaria no se conocía hasta hace dos años, Juana García, de 66 años, estaba sentada afuera de su casa. Había enviudado recientemente, porque su esposo contrajo la enfermedad y murió. Prácticamente no hablaba ni se movía de la silla.
“Ella va a seguir luchando”, aseguró Ana María Padrón, su hija.
En la casa de Padrón, sus dos hijos también combatían la malaria. La fiebre comenzó en la mañana: a las 8 en el caso de Omar, de 8 años; y a las 11 empezó con fiebre Arístides, de 7 años. La familia no había encontrado ninguna medicina. Los niños solo habían recibido analgésicos.
“Estamos rezando”, dijo la madre.
La tentación del oro
Las minas ilegales están desperdigadas a lo largo de decenas de kilómetros; van dejando un tramo marcado de viruelas en la tierra, donde la selva se abre para dar paso a innumerables cráteres y cicatrices.
Algunas operaciones mineras tienen el tamaño de pequeñas piscinas donde dos hombres tamizan el barro con cacerolas, como si fuese una escena sacada de las explotaciones de yacimientos auríferos que se realizaban en California hace más de un siglo. Otros drenan anchos pantanos con enmarañadas redes de tubos y bombas. En otro lugar, cientos de buscadores de oro hurgan la tierra roja y blanca en una excavación que tiene 15 pisos de profundidad y la longitud de un campo de fútbol americano. La llaman Cuatro Muertos.
Esto no debería suceder. En el pasado las reservas de oro fueron controladas por una empresa canadiense antes de que el presidente Hugo Chávez la expropiara y se comprometiera a utilizar sus recursos para financiar su revolución socialista.
Pero esa operación siguió el mismo patrón de mala gestión y abandono que muchas otras expropiaciones durante la era de Chávez. Eventualmente el Estado abandonó el territorio alrededor de la mina, y sus beneficios potencialmente lucrativos. Los explotadores de oro se apoderaron de la zona, y también llegaron los grupos armados que se hacen llamar la ley.
Pero al menos hay comida.
Mientras el país se convulsiona por la escasez de comida y los disturbios, mientras las multitudes hambrientas saquean las tiendas, los restaurantes y las panaderías, el pueblo minero de Las Claritas, a corta distancia de la mina Albino, vive en relativa abundancia.
Los restaurantes ofrecen menús completos. Los mercados callejeros están llenos de frutas y llegan camionetas cargadas de calabazas. En un país donde escasea el jabón, se venden una docena de marcas distintas en una tienda cuyos propietarios son chinos, también ofrecen siete modelos de televisores con pantalla plana. Los mineros desembolsan gordos fajos de billetes, producto de sus ganancias por el oro, y los pasan por una máquina contadora.
La promesa de una Venezuela diferente, un país donde haya suficiente comida y trabajos bien pagados, llevaron a Yudani González a abandonar sus estudios en Ciudad Bolívar, la capital del estado Bolívar, donde ha aumentado el desempleo. Se marchó para dirigir un desvencijado campamento en la selva donde cocina para los mineros con una mano y cuida a dos niños pequeños con la otra.
“Aquí puedes salir adelante”, dijo González mientras bañaba a su hija de dos años en un balde de plástico al mismo tiempo que cocinaba.
Danneris Flores, una empleada del gobierno que tiene un segundo trabajo como cocinera de un campamento minero, se sentó cerca. Flores es asistente administrativa en una clínica estatal de salud, pero la moneda venezolana ha caído tanto que su salario es apenas de un dólar al día, según el valor actual de la divisa en la calle.
Así que pidió vacaciones y las usó para trabajar un par de semanas en las minas.
Su cuñado trabaja para PDVSA, la petrolera estatal, y hace lo mismo. Flores cuenta que al trabajar por un corto periodo en las minas gana dos veces su salario mensual. Contaba los días que le faltaban para regresar a casa y ver a sus tres hijos.
“Nunca imaginé que trabajaría en una mina”, le comentó a González, mientras servían la comida. “Antes las personas pensaban en ir a la escuela”.
Un minero entró a saludar a las mujeres y dijo que recientemente había visto a alguien morir de malaria. González comentó que había sufrido la enfermedad en cuatro ocasiones. Su hijo, de cuatro años, ha contraído malaria en tres oportunidades.
“Te cobran dos gramos de oro por la medicina”, explicó. “Tú pagas lo que te pidan”.
No todos pueden encontrar la medicación, a pesar de las ganancias del oro.
Hace unos días, José Yoel Castillo se tambaleaba en la entrada de la clínica de malaria en Las Claritas; cargaba en sus hombros a dos familiares mientras convulsionaba y no podía hablar.
Castillo se ganaba la vida en la población de Caicara del Orinoco llevando pasajeros en la parte de atrás de su motocicleta. Pero un grupo armado le quitó la moto y Castillo no pudo comprar una nueva.
Así que se vino a las minas. Rápidamente consiguió trabajo y dinero, incluso para comprar la medicina contra la malaria la primera vez que se enfermó. Sin embargo, cuando los síntomas aparecieron por segunda vez, no pudo encontrar el tratamiento en ninguna parte.
“Algunas personas pueden seguir trabajando y superarlo”, dijo su cuñado, Alejandro López. “Pero otros no”.
Incluso con dinero en los bolsillos, los mineros conocen los peligros de regresar a casa.
Josué Guevara, de 20 años, abandonó sus estudios en ingeniería industrial para venirse a las minas. Alguna vez se imaginó como director de Alcasa, la compañía estatal de aluminio. Sin embargo, dijo, sus familiares que trabajan allí apenas podían comprar comida.
“Ahora tengo otras metas”, aseguró, parado sobre el borde del cráter de la mina Cuatro Muertos, donde ahora vive y trabaja.
Usando gasolina y otros químicos para extraer el oro, Guevara gana 500.000 bolívares (cerca de 500 dólares en el mercado negro) durante una buena racha de dos semanas, lo que equivale a 75 veces el salario mínimo. Sin embargo, cuando este verano contrajo la malaria, hizo lo mismo que otros mineros: regresó a casa para recuperarse y llevó la enfermedad consigo.
“Todo tiene sus riesgos”, dijo.
Del otro lado de la mina, Pedro Pérez, de 38 años, se sienta en una estructura hecha con tres postes y un toldo donde duerme con otros diez mineros. En marzo dio positivo de malaria dos veces. La tercera vez ni se molestó en que le hicieran la prueba.
“Estaba recostado y sentía los mismos síntomas”, relató.
Él también regresó a su casa en Ciudad Bolívar, donde su madre se contagió de malaria. “Nosotros llevamos la enfermedad”, dijo Pérez. A veces recuerda su vida antes de llegar a las minas durante el otoño pasado: era supervisor en una refinería estatal de metal.
También era dueño de una casa con cuatro habitaciones y dos baños, así como de un Ford Focus 2005. Junto con su esposa, que es abogada, solía viajar a Margarita, una isla tropical en la costa norte de Venezuela.
Sin embargo, antes de que perdiera su trabajo el año pasado, la caída de la moneda venezolana había reducido el valor de su salario a unos 26 dólares mensuales. Finalmente dejó su casa para ir a la mina.
“No me acostumbro a bañarme en un río de agua sucia”, dijo. “Creo que antes tenía una buena vida”.
Hace unas semanas, su esposa vino a Las Claritas para comprar provisiones como comida y jabón que no encontraba en Ciudad Bolívar. La pareja pasó tres noches en un hostal de los mineros. Después de que su esposa se fue, Pérez sintió las tensiones en su matrimonio.
“’Sé que es difícil para ti’, le dije, ‘pero tenemos que aceptar esta nueva realidad’”, contó Pérez.
En Las Claritas, sentada en la mesa de un oscuro burdel que olía a alcohol, estaba Angélica, una joven de pelo negro cuyos padres no saben que es prostituta. Hace tres meses dejó la ciudad de Maturín, cuando comenzaron a estallar los disturbios por la escasez de comida.
“Antes tenías que hacer fila durante horas, pero algo conseguías”, relató Angélica, que no quiso dar su apellido. “Pero ahora ya no queda nada allá”.
Hoy gana el equivalente a 40 dólares cuando un minero quiere pasar la noche con ella. Lo más común es que el dinero llegue en cuotas de a ocho dólares, que es lo que gana cuando un cliente quiere tener sexo e irse enseguida.
A veces, cuenta, puede llegar un cliente que tiembla de fiebre y no puede hacer nada porque tiene malaria. Otras veces es el dueño de una de las tiendas chinas. Los hombres vienen de todos los rincones del país.
“La parte más difícil de esta vida es estar con alguien a quien no amas”, dice.
El regreso de la malaria
Venezuela solo vivió su auge después del declive de la malaria.
Era la década de 1920 cuando se descubrieron los yacimientos masivos de petróleo que desencadenaron una bonanza económica.
Por ese entonces dos tercios de Venezuela estaban muy afectadas por la malaria, una situación que se interponía entre el país y su riqueza. Más tarde esas tristes escenas fueron inmortalizadas en Casas muertas, una novela de 1955 escrita por Miguel Otero Silva en la que se cuenta la historia de las muertes provocadas por la malaria entre los trabajadores petroleros que luchaban por sobrevivir.
Liberar a la nación de la malaria se convirtió en un tema central para el desarrollo de Venezuela, aseguró Oletta, el exministro de Salud.
“Solo después de que la malaria se fuera podían llegar los caminos y la industria”, afirmó. “Era un país enfermo y, cuando se recuperó, las cosas cambiaron”.
Esta tarea transformadora fue liderada por Arnoldo Gabaldón, el exministro de Salud que inició uno de los primeros esfuerzos a gran escala para erradicar la malaria y se convirtió en héroe nacional.
Varios equipos construyeron canales de irrigación en las zonas rurales de Venezuela para drenar las pozas de agua estancada y construyeron casas de hormigón para que los mosquitos tuvieran menos sitios donde reproducirse. Gabaldón fundó un centro de investigación en la ciudad de Maracay para ampliar la misión y capacitar a funcionarios de América Latina y África, entre otras regiones.
Sin embargo, fue el uso de insecticidas —inicialmente DDT y otras sustancias— lo que comenzó a revertir la situación. Las paredes de casi todas las casas rurales fueron rociadas, una técnica que mataba a los mosquitos cuando estos se posaban a descansar. Los fumigadores dejaban un sobre con la fecha en que volverían. Para 1949, las muertes por malaria habían descendido drásticamente: de 300 por cada 100.000 personas a solo nueve.
Cuando Hugo Chávez asumió la presidencia, 50 años después, y comenzó a hacer realidad su visión del socialismo para Venezuela, el sistema creado por Gabaldón se había desvanecido hacía mucho tiempo, aunque parecía que la malaria seguía confinada a algunas zonas rurales. Sin embargo, la reestructuración de la economía durante el gobierno de Chávez y sus seguidores, junto con la creciente dependencia de las ganancias petroleras y la instauración de un sistema de control sobre las divisas que restringía los dólares, cambiaron esa situación.
En 2014 y 2015, cuando los precios del petróleo colapsaron y el gobierno batalló para conseguir dinero y pagar alimentos, servicios e importaciones, hubo gran escasez de cloroquina y primaquina, dos medicamentos para combatir la Plasmodium vivax, una cepa que produce malaria crónica.
En 2016, los médicos aseguran que hay escasez de casi todos los fármacos para combatir la malaria, sobre todo de un coctel de medicamentos para contrarrestar la Plasmodium falciparum, una cepa mortífera cuyo remedio apenas cuesta un dólar por dosis.
Leopoldo Villegas, un experto internacional en malaria que se encuentra en Bangkok, aseguró que el gobierno también dependía de métodos poco actualizados, como el rocío de insecticidas al aire libre, lo que tiene poco efecto en los mosquitos de malaria. Aseguró que no sabe por qué usan este procedimiento. Y como no hay informes epidemiológicos de nuevos casos de malaria, no se sabe cuánta medicina se necesita.
Gustavo Bretas, un experto brasileño en malaria, afirma que en el pasado Venezuela capacitó a los expertos de toda la región en la prevención de la malaria. Sin embargo, su incapacidad para contener este brote implica que ahora está desempeñando el papel contrario: es una amenaza para los países que lo rodean, particularmente Brasil, donde también hay minas de oro ilegales.
“Está comenzando a diseminarse por los países vecinos”, dijo, y añadió que la falta de estadísticas oficiales hace que sea difícil medir la dimensión del problema.
El Ministerio de Salud de Venezuela no respondió a las peticiones de entrevista, entre ellas una carta que se entregó en sus oficinas.
Oscar Noya ahora trabaja en el viejo laboratorio de Gabaldón en Caracas debajo de una fotografía de su mentor luciendo traje y corbata. En los últimos días los pacientes con malaria volvieron a sentarse en esos escalones; muchos han venido desde las minas. Una mañana hace poco llegaron 15: 12 de ellos dieron resultados positivos en las pruebas de malaria.
Noya intenta arreglárselas sin medicinas esenciales como el artesunate, que está incluido en la lista de “medicamentos esenciales” de la OMS para el tratamiento de casos graves de malaria Plasmodium falciparum. Solo le quedaban tres dosis y necesita seis para tratar a un solo paciente que presente un cuadro grave.
Una noche reciente un grupo entró en uno de sus laboratorios de malaria y se robó las computadoras. Es uno de los 20 ataques que este año se perpetraron contra el Instituto de Medicina Tropical, dijo Noya. El médico se pregunta si serán personas alineadas con el gobierno.
“Creemos que esto no es más que intimidación porque no nos quedamos callados y no vamos a guardar silencio”, dijo, en referencia a las declaraciones públicas que ha hecho sobre la malaria y la propagación de otras enfermedades.
Noya hizo a un lado las dosis de artesunate, mientras los pacientes seguían llegando. Los miraba con un aire de desesperación. “Gabaldón habría muerto de un paro cardiaco si hubiera visto lo que está pasando”, expresó.
Un orden fuera de la ley
A pesar de la constante rotación de trabajadores que llegan de toda Venezuela, hay un claro orden en las minas. Lo impone un grupo armado conocido como “el Sindicato”.
Uno de los jefes del Sindicato vino a las minas hace unos años a ejercer su profesión original como dentista. Sigue haciéndolo. Sin embargo, los escuadrones de vigilantes que controlan este lugar en sus motocicletas son la verdadera fuente de su riqueza y poder. Lleva cadenas de oro, dos dientes de oro y prendas doradas que le cubren los nudillos.
Después de que el gobierno abandonara la zona, las minas crecieron de nuevo. Esta vez desplegaron un ritmo ingobernable mientras arrasaban el bosque, generando charcos de agua estancada y una población que es presa fácil de los mosquitos, con lo que allanaron el camino para la explosión de la malaria.
El jefe, quien prefiere mantener su anonimato porque podría ser arrestado por las autoridades, dice sentirse orgulloso de la capacidad del Sindicato para llenar el vacío que dejó el Estado. Reconoce que los castigos que aplica su grupo pueden ser espantosos, como dispararle en la mano a un hombre por robar, o amarrar a los postes ubicados a la entrada de la población a quienes delinquen, junto a un letrero que detalla la fechoría cometida.
Sin embargo, argumentó que la disciplina mantenía bajas las tasas de crimen en los campamentos y permitía que los mineros hicieran su trabajo en paz, otro aspecto que se ha erosionado mucho en las peligrosas ciudades de Venezuela.
“Esperar justicia de la policía es un chiste”, afirmó. “Tienes que imponer tu propia justicia”.
Eduardo Medina está de acuerdo. Es un exfarmacéutico que hace un año dejó de trabajar en el estado Zulia para dedicarse a la minería porque vio que la crisis económica se agudizaba.
“Puedes salir a cualquier hora y alguien te puede poner una pistola en la cabeza para que le des tu teléfono… o amenazar a tu madre con un cuchillo”, afirmó Medina en su carpa. “Aquí el crimen está controlado. Nos cobran pero también resuelven los problemas”.
No obstante, la aparente calma es un engaño. Los conflictos se levantan en otros lugares donde los rivales se disputan el control de las minas. En marzo, al menos 17 mineros fueron masacrados en lo que las autoridades creen fue una de estas disputas.
Durante un descanso, Eduardo Medina miraba hacia la mina donde sus compañeros trabajaban.
“En cualquier momento te pueden matar en Zulia”, dijo. “Pero también te pueden matar aquí”.
Según el jefe, en comparación con todos los problemas que hay que enfrentar para mantener el orden, la malaria es el más difícil. “Con la malaria estamos jodidos”, dijo.
La tarea de monitorear la enfermedad parece haberle sido delegada a Miguel Martínez, un funcionario estatal de Salud que trabaja en una solitaria oficina ubicada a corta distancia del burdel de la mina. Allí examina las muestras de sangre de los mineros: bajo su microscopio, una tintura pinta el parásito de malaria de color morado oscuro. El registro que tenía a su lado mostraba que la mitad de los pacientes que lo habían visitado ese día habían dado positivo.
Como muchos trabajadores venezolanos de la salud, Martínez estaba frustrado. “Así como no hay arroz ni frijoles, en este país tampoco hay medicinas”, dijo.
En la mina caía la noche, ese momento en que el mosquito Anopheles comienza a alimentarse. En la oscuridad se oía a los feligreses de una iglesia pentecostés que hablaban como poseídos, y más allá una ruidosa carpa roja y azul que prometía alcohol y cuerpos desnudos.
Cinco hombres martillaban una veta de cuarzo bajo un toldo, la pulverizaban y filtraban para separarla del oro. Otros caminaban con el agua hasta los hombros en pozos llenos de metales pesados, como mercurio; metían tubos para bombear el lodo. Pájaros tropicales volaban a la distancia.
“¿De verdad la malaria viene de los mineros?”, preguntó Aníbal Flores, un minero de 28 años que dormía en una hamaca colgada entre dos columnas, al lado de la mina. “Pero ¿a qué otro lugar podemos ir a buscar dinero? ¿A la ciudad? Allá no hay comida”.
Los venezolanos han tomado el asunto en sus propias manos. A cinco horas de distancia, en El Dique, los residentes recolectaron 100 bolívares casa por casa para contratar a un fumigador que fuera a rociar las calles.
En la mina, donde muchas veces las pruebas de malaria no están disponibles, los mineros dicen que han desarrollado su propio examen: beber dos botellas de cerveza. Según esta prueba, si sienten un dolor agudo en el riñón, donde se alojan los parásitos, el paciente tiene malaria. Las autoridades sanitarias dicen que eso no sirve.
Sin embargo, Balocha, el técnico de computación que trabaja en la mina Albino, está vivo gracias a esa prueba. Los mineros la llaman “la prueba artesanal”. Hace poco había enfermado de nuevo y ahora esperaba los medicamentos en una clínica.
Balocha recordaba las palabras de su tío, quien hace un año lo llamó justo cuando su salario como técnico en computación no valía nada en la ciudad de Valencia. “Aquí hay plata”, le dijo su tío, que estaba trabajando como minero. “Tienes que saber cómo encontrarla”.
Balocha comenzó como “palero”, el trabajo de menor rango, en el que se dedicaba a romper piedras. Ya desde entonces, explica, ganaba más de lo que era su salario en la ciudad después de que la inflación lo disminuyera.
También recordaba la primera vez que tuvo malaria: “Los escalofríos por todo el cuerpo como si estuvieras entre dos bloques de hielo”.
“La primera vez que contraje malaria fue la peor”, dijo Balocha, parado frente al centro de salud donde las personas esperaban su tratamiento. “No puedes controlar los temblores. Sientes que te vas a morir. Te sientes como zombi”.
Sin embargo, dice bromeando, aquí se hará millonario. Cree que algún día se irá a Europa, lejos de las minas, la malaria y el Sindicato.
Balocha miró al cielo y suspiró. “En la mina, la felicidad solo es temporal”.
Patricia Torres y Clavel Rangel colaboraron en este reportaje.
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El hambre de la clase media de #Venezuela
Por CARLOS HERNÁNDEZ
Barcelona/ Mambí en A/ Hace poco pasaba el rato con algunos vecinos en el pasillo. Vivimos en uno de los edificios color turquesa de un complejo comercial-residencial en la parte noreste de la ciudad; se supone que son un modelo de desarrollo urbano.
Decidimos hacer té combinando los recursos de nuestros cuatro apartamentos. No pudimos reunir suficiente azúcar. Alguien tenía piñas congeladas y cáscaras de maracuyá. Alguien más hirvió agua.
Todos trajeron su propia taza, cada una con un diseño diferente. La mía, con la imagen de una vaca, era la más fea. Nos sentamos afuera, en el suelo del pasillo, bajo la sombra de un gran árbol de mangos.
La infusión era sorprendentemente sabrosa tomando en cuenta los ingredientes. Manuel, uno de los chicos, dijo: “Sí, y ayuda un poco con el hambre”. Es estudiante de derecho y el más joven del grupo. Solía ser musculoso.
Mi hermano, un abogado que alguna vez tuvo papada, asintió. “Ni siquiera tenemos mangos para completar la cena”, dijo. Me volteé para ver el árbol. Vivimos en el tercer piso, así que siempre hemos podido agarrar las frutas más altas con bastante facilidad. Cuando es temporada, generalmente se desperdician, pero este año el árbol ya no tiene mangos.
“Es mejor irse a dormir para no sentir hambre”, dijo María, una abogada que se fue a España como migrante indocumentada y trabajó en un restaurante, pero regresó después de dos meses, horrorizada por las condiciones de trabajo. “Si haces eso, terminarás soñando con comida”, le dije.
Lo decía por experiencia. Mientras tomaba otro trago de té, pensé en aquella vez que después de ver un episodio de Game of Thrones soñé con un festín medieval donde había un gran cerdo en medio de la mesa, varios pasteles e hidromiel. En otras ocasiones, soñé con un supermercado lleno de productos. Eso suele suceder después de que paso todo un día formado bajo el sol ante una tienda, esperando que llegue un camión repartidor.
Desde hace unos años el café y la leche se volvieron lujos para mí, pero la escasez verdaderamente aterradora —de cosas como pan y pollo— llegó a mi hogar de clase media a principios de este año. Hubo una semana en la que tuve que cepillarme los dientes con sal.
Nueve de cada diez venezolanos ya no pueden comprar suficiente comida, según un estudio realizado por la Universidad Simón Bolívar. El FMI ha estimado que la inflación superará el 700 por ciento este año.
Hablamos sobre las personas que están adelgazando. La lista era larga. En ese momento me di cuenta del revés que significaba eso… cómo ser gordo volvía a ser un signo de riqueza. Detectar al burgués parasitario jamás ha sido tan fácil.
Los burgueses, los adinerados y el sector privado son los grupos a los que el presidente Nicolás Maduro culpa por la recesión en Venezuela. Sin embargo, lo que nos ha llevado a la ruina son los años de mala gestión económica bajo su cargo y la revolución socialista de Hugo Chávez.
Daniel, un estudiante de ingeniería que planea irse del país tan pronto obtenga su título, mencionó a la anciana que vende maíz y harina frente a nuestro edificio. Sus precios suben cada semana. Ella también está adelgazando. Daniel dijo que la vio tratando de atrapar palomas. Después seguirán los perros, respondí.
María dijo que lo peor es cuando termina su rutina de correr. Yo sé qué se siente porque ya dejé de hacer ejercicio. También compartimos otras estrategias para lidiar con el hambre, como despertar tarde —medio en broma, pues solo los niños ricos que no tienen la necesidad de trabajar pueden permitirse eso—. Acordamos que nuestra mejor esperanza, de verdad, es la Organización de los Estados Americanos y su Carta Democrática.
Las noticias de la crisis en Venezuela se han extendido tanto que la OEA, un bloque conformado por la mayoría de los países de América, ha estado hablando sobre qué hacer con nosotros. En verdad nadie cree que el progreso de la iniciativa de la oposición venezolana para destituir a Maduro mediante un referendo vaya a tener éxito.
“¿Escuchaste lo que dijo Almagro?”. Luis Almagro es el secretario general de la OEA. Él ha culpado a Maduro por la crisis y ha pedido que la OEA considere tomar las medidas necesarias para “restaurar las instituciones democráticas” en Venezuela.
“Sí, parece que han invocado la carta”. Según la carta, la OEA puede suspender a un Estado miembro que no logre preservar el orden democrático. Almagro parece estar esperando que esta amenaza convenza al gobierno de Maduro para que acepten ayuda humanitaria del extranjero, algo que ha descartado con anticipación.
Me doy cuenta de que estos procesos democráticos pueden tardar meses: es todo un continente el que trata de encontrar el consenso en torno a un tema complicado. Pero Manuel, Daniel, María, mi hermano y yo, todas personas que intentan ser profesionales o ya lo somos, no sabemos qué carajo comeremos mañana. Lo lógico sería pensar que estos diplomáticos comenzarían a juntar dos sesiones en un solo día o algo así. Apresúrense, chicos de la OEA, tenemos hambre.
Carlos Hernández es economista y escritor venezolano.
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miércoles, 17 de agosto de 2016
Datanalisis estima que el 75,6% desaprueba gestión de Maduro #Venezuela
Barcelona/ Mambí en A/ José Antonio Yepez, explicó en La Tarde de NTN24 que “los precios del petróleo no están permitiendo consolidar la estabilidad de un Gobierno que no produce estabilidad, que no ha buscado estabilidad, sino que destruye toda la economía venezolana y eso incluye a PDVSA”.
La encuestadora Datanalisis reveló esta semana que el 75.6% de los venezolanos desaprueba la gestión del actual Presidente Nicolás Maduro, mientras que un 93.6% cree que el país va por un mal camino.
“En la revolución bolivariana nunca se ha visto un Gobierno con tan baja evaluación de gestión como la que tiene Maduro hoy en día. En el peor momento de Chávez, cuando tuvo que renunciar en abril del año 2002, tenía 33% de aprobación de gestión, y el principal problema del país era el desempleo y el principal responsable era él”, afirmó.
“Hoy la combinación es la misma, la aprobación de gestión es muy baja, inclusive peor que la de Chávez, el principal problema es el desabastecimiento de alimentos, medicinas, etcétera, seguido por la inflación, la delincuencia y el desempleo, y el principal responsable de todos esos problemas es el Presidente Maduro”.
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jueves, 11 de agosto de 2016
La VOA constató el deplorable estado del hospital Vargas de Caracas #Venezuela
Barcelona/ Mambí en A/ Un recorrido de la Voz de América por la morgue y el quirófano del Hospital Doctor José María Vargas de Caracas deja en claro la crítica situación de los servicios de salud en Venezuela.
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‘Chaveznomics’, el verdadero enemigo de #Venezuela
Por ÁNGEL ALAYÓN - Artículo publicado en el The New York Times
Barcelona/ Mambí en A/ Charles-Maurice Talleyrand, el diplomático y estadista francés, le dijo a Napoleón Bonaparte que las bayonetas sirven para muchas cosas, menos para sentarse en ellas. Talleyrand también debió advertir que tampoco sirven para producir alimentos.
El pasado 11 de julio el presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, encargó al ministro de Defensa, el general Vladimir Padrino López, la jefatura de la Gran Misión Abastecimiento Seguro, un programa que tiene como objetivo normalizar la oferta de alimentos en Venezuela.
No será una misión sencilla. La escasez de productos básicos en los anaqueles supera el 80 por ciento y los venezolanos hacen filas durante cuatro y seis horas en promedio para poder adquirirlos a precios controlados, aunque solo pueden comprar en el día de la semana que les corresponde según el número en el que termina su documento de identidad. Los precios de los alimentos han alcanzado niveles estratosféricos en el país que tiene la inflación más alta del mundo.
El hambre dejó de ser la distante amenaza de cuando solo se escuchaban anécdotas sobre niños desmayados en el colegio y gente buscando comida entre la basura. El hambre en Venezuela se transformó en un problema que debe ser atendido con urgencia.
El gobierno encabezado por Nicolás Maduro atribuye la escasez y la inflación a la “guerra económica”, un concepto que la narrativa oficial define como una ofensiva orquestada por empresas, industrias y comerciantes apoyados por el imperio estadounidense. ¿El objetivo de esta conspiración? Generar malestar en la población y desalojar al gobierno del poder. Pero una cosa es la propaganda y otra muy diferente la realidad.
El general Padrino López debería saber que no se puede ganar una guerra que no existe.
Sin embargo, aunque la “guerra económica” solo sea una ficción diseñada para ocultar el fracaso del gobierno, la solución del problema de los alimentos sí pasa por derrotar a un enemigo —un enemigo que está lejos de los discursos propagandísticos oficiales—.
El verdadero enemigo de Padrino López es el legado de Chávez.
Los problemas económicos que sufren los venezolanos son consecuencia de una serie de políticas económicas y reguladoras que fueron implementadas por el presidente Hugo Chávez y continuadas por Nicolás Maduro. Se trata de políticas que constituyen la esencia del modelo intervencionista implementado bajo el nombre de “Socialismo del siglo XXI”, como el control del precios, las estatizaciones y el control de cambios.
El gobierno tiene como desafío desmontar un control de cambios que le impide a las empresas y a los ciudadanos comprar divisas regularmente y a un precio único, lo que se ha convertido en una incesante fuente de corrupción. Debe desmontar un control que ha desestimulado la producción en Venezuela, generando escasez y profundizando la dependencia de las importaciones.
También urge que la propiedad de las empresas estatizadas regrese a manos privadas con el fin de reactivar la producción. En resumen: la recuperación de la economía venezolana pasa por desmontar el modelo implementado por el presidente Chávez.
La agenda de trabajo necesaria para solucionar los problemas económicos no es militar. Es más bien un programa de reformas urgentes en las políticas públicas, regulatorias y económicas. Una agenda que requiere de conocimientos económicos y un manejo experto de los conceptos de economía política de las reformas.
Durante tres años, el presidente Nicolás Maduro se ha negado a aceptar la urgencia de un cambio de dirección. El mandatario impide las reformas necesarias anulando incluso a los ministros que en su equipo han promovido un cambio. Mientras tanto la economía se hunde en la recesión.
Ahora Maduro cede poder ante Padrino López. ¿Por qué? Esta pregunta todavía no tiene respuestas, sino hipótesis. Algunos creen que es el comienzo de una transición exigida por los militares. Otra tesis apunta en una dirección política: dotar a Padrino López con poderes equivalentes a los de un primer ministro implica la consolidación de una alianza cívico-militar que le garantiza a Maduro mantener al chavismo en el poder y sobrevivir a las protestas sociales por la escasez de alimentos.
Se supone que las bayonetas pueden servir para eso y quizá también para mantener al margen las presiones de la oposición por activar un referendo revocatorio para sacar a Maduro de la presidencia.
Más allá de las inciertas causas de su nombramiento, Padrino López ahora es el responsable de solucionar el problema de los alimentos en Venezuela. Pero un mes después de su nombramiento no ha dado ninguna señal de estar yendo en la dirección correcta.
Las señales han sido de signo contrario y preocupantes. Veintinueve revendedores de productos regulados en el mercado negro fueron detenidos en una operación encabezada por dos generales. Fueron desplegados más de quinientos efectivos de las fuerzas del orden público, entre militares y policías, pero al día siguiente de esa gran operación militar el mercado negro siguió funcionando como siempre.
Esto muestra que la represión no podrá derrotar las conductas creadas por las propias políticas del gobierno. No es tarea de los ejércitos derrotar a los mercados negros. Las armas de las Fuerzas Armadas Bolivarianas no están hechas para calmar el hambre.
Maduro y Padrino deberían saber que los problemas de Venezuela no se solucionarán sentándose sobre las bayonetas. El desafío es abandonar el llamado socialismo del siglo XXI y la doctrina “Chaveznomics”, un modelo productor de pobreza y angustias.
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Angel Alayón es economista y director del portal de ideas Prodavinci.com
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lunes, 18 de julio de 2016
Capriles a Zapatero: Ud está subestimando la crisis que estamos viviendo los venezolanos #Venezuela
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sábado, 16 de julio de 2016
Cruza la frontera para buscar tratamiento hormonal para su hija #Venezuela #Colombia
Barcelona/ Mambí en A/ Por primera vez en más de 10 meses, Venezuela abrió el domingo sus fronteras con Colombia. El objetivo de esta medida es que los venezolanos puedan cruzar al país vecino para comprar productos de primera necesidad que no existen en Venezuela. Los productos más requeridos fueron arroz, harina, aceite, así como papel higiénico, champú y toallas sanitarias. Marlyn Bautista le contó a BBC Mundo por qué viajó desde San Cristóbal, en Venezuela, a Cúcuta, en Colombia.
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